lunes, 27 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (86)

EDUCAR EN LA FORTALEZA PARA SER LIBRES


    No es más libre quien sólo actúa cuando “tiene ganas”, sino el que consigue superar sus limitaciones. La libertad en su sentido más profundo consiste en disponer de sí mismo para el bien. Así entendida, no constituye tan sólo una meta, sino también un camino, por lo demás no siempre fácil. No se trata sólo de querer, sino de saber querer, de perseverar, de llegar a ser dueño de uno mismo y de optar por el bien.

    La libertad no se corresponde con la espontaneidad del capricho o de la arbitrariedad, o con la improvisación. Hacer lo que apetece por sistema es en realidad quedar a merced de estímulos sobre cuyo origen no se ejerce dominio alguno. El comportamiento en esos casos resulta evidentemente empobrecido, lastrado por el conformismo, la falta de iniciativa y de creatividad o el borreguismo consumista. La soltura del atleta que consigue sacar el máximo partido de sus posibilidades físicas y psicológicas es fruto de un laborioso entrenamiento, de una tenaz ascesis que ha hecho posible para él lo que para otros resulta inalcanzable. Es la suya una libertad conquistada y valiosa.

    Lo “natural” para el ser humano es que sus decisiones y elecciones sean fruto de su reflexión, que asuma con responsabilidad unos actos de los que efectivamente es dueño, que aporte novedades y acciones valiosas. En muchos casos el llamado “fracaso escolar” –mejor sería decir “educativo”- tiene que ver con la desgana, la incapacidad para asumir un horario regular de trabajo, para revisar los propios métodos de estudio, para terminar con esmero y puntualidad las tareas emprendidas, para encajar el contratiempo inesperado, para colaborar con otras personas, para proponerse metas de excelencia. Todo esto tiene que ver con la voluntad y en definitiva responde a problemas de inconstancia, de falta de resiliencia y de fortaleza moral.

    Por eso es preciso formar en el niño y en el adolescente la capacidad de acometer retos y de culminar lo que se emprende, de no venirse abajo si se aplaza la recompensa, de asumir vínculos que puedan comprometer a largo plazo, de superarse a sí mismo, de actuar con honestidad y espíritu de servicio. 

    Todo ello implica un voluntario esfuerzo por superar las propias limitaciones y por orientar la propia vida hacia un horizonte de plenitud. Resulta fundamental en la formación de una personalidad rica en valores humanos, pero no es fácil, y el educador ha de saber manejar de manera adecuada la motivación, la paciencia y los incentivos que ayuden a los hijos y a los alumnos a iniciar y mantener su esfuerzo en esta ardua tarea educativa.

    Por desgracia, en algunos ámbitos escolares existe la tendencia a entender que el educando ha de aprender sin esfuerzo alguno. Se pretende acercar así la actividad escolar a las apetencias más espontáneas de los alumnos, excluyendo (con estrategias que pretenden ser “no directivas”) lo que se aparta de las mismas, con lo cual, se consigue divertirlos, pero difícilmente se consigue que aprendan; y al final... acaban también aburriéndose.

    No podemos eludir la necesidad de fortalecer la voluntad de nuestros hijos y alumnos si buscamos ayudarles en el desarrollo de su personalidad y su carácter. Esto nos llevará a reflexionar, entre otras cosas, sobre la conveniencia y oportunidad de los premios y la necesidad de corregir.

       (Publicado en el semanario La Verdad el 24 de noviembre de 2023)

domingo, 19 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (85)

SABER MANDAR CON ENTEREZA (y III)

 


Calma, energía y entereza en el ejercicio de la autoridad al educar, venimos diciendo. La entereza implica serenidad, un dominio de las propias emociones para pensar y decidir con tranquilidad, sin perder el norte. 

La firmeza puede exigir en ocasiones renunciar al placer de sentirse amado. El educador debe amar, indispensablemente; pero nunca mendigar el cariño de los niños o jóvenes. Hace falta entereza para soportar con serenidad posibles vacíos afectivos de parte del educando -porque a nadie le agrada demasiado que le corrijan, admitámoslo-, e incluso el rencor momentáneo que se suscita en ellos al corregirles o denegarles alguna cosa. Pero a la larga el niño terminará admirando la rectitud del educador que supo hacer lo que debía con abnegación, respeto y paciencia. Acabará reconociendo que este no buscaba ser alabado o incluso correspondido, sino el crecimiento y superación personal del educando; su bien, en definitiva.

Es necesario procurar ponerse en el lugar del hijo o alumno para intentar comprender cómo se siente y lo que de verdad necesita. “¿Cómo me hubiera sentado a mí si me dicen esto así?...” Ello nos ayudará a buscar una forma más “humana” y prudente en el trato, aunque no por ello, necesariamente, más “blanda”.

Seguro que algunas veces meteremos la pata, por exceso o por defecto. No dejemos de pedir perdón si hemos hecho daño al corregir o al ordenar (o al no hacerlo), y procuremos dejar claro el criterio e intentarlo de nuevo una y otra vez. No se pierde con ello autoridad; al contrario, quedará bien claro que no actuamos por quedar bien nosotros, o por imponernos, sino porque buscamos el bien, lo justo, lo más conveniente.

Importante: es verdad que el educador ha de cultivar determinadas actitudes y valores humanos para dar ejemplo. No puede decir una cosa o pedirla a los demás si luego él mismo no la hace vida propia. Pero no hay que esperar a “ser perfecto” para orientar y exigir educando. Primero, porque nunca llegaremos a la perfección, y si esperamos a ser excelentes en aquello que pedimos o exigimos a otros, acabaremos por no mandar nada debido a nuestros fallos o limitaciones. Pensaremos, por ejemplo, que no debemos pedir a nuestros hijos o alumnos que sean ordenados si nosotros no conseguimos serlo. Pero no se trata de ser perfectos, sino de no cansarse nunca de luchar por llegar a serlo, de no rendirse aspirando a mejorar en nuestros defectos y limitaciones (el desorden en este caso). Si ellos nos ven intentarlo una y otra vez, aunque nos cueste, entenderán que el orden es algo importante.

El educador sólo podrá esperar de los niños y los jóvenes lo que a diario se esfuerza por conquistar sobre sí mismo. No porque haya triunfado sobre sus defectos, sino porque no se cansa de luchar para vencerlos. Ese no rendirse es ya el mejor ejemplo. Se trata de una “lucha” consigo mismo, de intentar superarse. Es el arte de volver a empezar, de no cansarse nuca de estar empezando siempre, sin perder el buen humor y la paciencia. 

Además, estas limitaciones propias, reconocidas pero combatidas, pueden ser un privilegiado medio para comprender y acompañar y a los hijos o alumnos en sus reticencias, dificultades o cansancios. Se trata de “luchar” junto a ellos. No tanto de ser “admirable” cuanto, sobre todo, de ser imitable.

  (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de noviembre de 2023)

domingo, 12 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (84)

SABER MANDAR: CALMA Y ENERGÍA (II)


 

Calma, energía y entereza. Tres actitudes o disposiciones ineludibles para ejercer la autoridad en la educación. Tres ingredientes de la necesaria firmeza que ello conlleva. 

Se ha dicho que la calma es la majestad de la fuerza. Ha de ser la condición necesaria que ha de preceder a todo mandato. Cuando los nervios fallan no se está en condiciones de ejercer la autoridad. Calma: es mejor hablar que gritar, reprender sin insultar ni humillar, mandar sin atropellar, atendiendo al ritmo de maduración del niño o del joven, a su temperamento (si es muy primario y perdemos la calma tendremos una mala contestación casi asegurada, si es muy secundario puede sentirse herido, o “guardárnosla” ahondando en sentimientos de revancha, y la herida perdurará por bastante tiempo, y en todo caso se interpretará que estamos descargando nuestro mal humor o prepotencia, sin entender otros motivos e intenciones). 

También hay que estar atentos a las circunstancias (conviene no emplear el mismo tono en público o en privado, no aludir a cosas que le hieran o humillen particularmente, no se debe corregir cuando hay demasiada tensión emocional…)

No hay que pedir imposibles, seguramente convendrá disimular ciertos fallos de poca importancia para intervenir sólo en el momento más oportuno. Conviene reducir las órdenes al mínimo. No se trata de controlar y ahogar las energías naturales del niño o del joven, sino de orientarlas al mayor bien. María Montessori decía que hay que observarlo todo, y corregir poco y a su debido tiempo.

No hay que asfixiar las energías naturales, la iniciativa. Cuando un niño o niña se siente asfixiado, aplastado por un aluvión de normas y reproches, se encoge, pierde autoestima, se pone a la defensiva y cae con facilidad en el disimulo y la mentira, adquiere un hastío devastador frente a toda norma, deber y principio.

Como es lógico, esto se aprende. A veces nos pasaremos, otras nos quedaremos cortos… Pero debemos poner todo nuestro cuidado en actuar con la mejor intención y no perder los estribos ni las formas... ni el cariño.

      Hablemos ahora de la energía. Se trata de saber hacerse querer y respetar. Ha de ir acompañada de respeto, tacto y condescendencia. La energía, volvemos a insistir, no estará en gritar, insultar, mirar de forma amenazante… Se trata de:

a) Mandar sin suplicar. Convendrá dulcificar algunas órdenes, pero ha de haber órdenes. La obediencia no se mantiene ante una persona insegura de sí misma, carente de determinación en las decisiones de importancia. Es un modo de dar valor a lo que es preciso hacer.

b) Mandar sin discutir. Cuando no conviene detenerse en explicaciones o no existe seguridad de ser entendido en ese instante por el niño, no hay que aceptar réplicas. Se debe buscar otro momento, más sereno, para aclarar en privado la situación.

c) Mandar con claridad. Directrices claras y adaptadas a la edad, la inteligencia y receptividad del niño. Evitar expresiones ambiguas o que carezcan de la necesaria convicción.

d) Mantener lo mandado. No cambiar las órdenes a capricho, ni emplear diferente rigor según el humor que se tenga en cada momento, ni establecer diferencias injustas. Desigualdades y rectificaciones desconciertan. Una vez tomada una medida hay que mantenerla; la falta de perseverancia en esta actitud debilita la autoridad. Si el niño no merecía una corrección, por ejemplo, no había que habérsela impuesto, y si la merecía debe cumplirla. Hace falta entereza para no claudicar ante una momentánea pérdida de afecto. La tendencia a modificar las órdenes hace pensar que éstas dependen del capricho del educador. 

Calma para no pasarse de la raya de manera irracional y abusiva; y firmeza para no pararse antes de tiempo y caer en la veleidad y en la indecisión. La firmeza bien administrada da seguridad.

Nunca se insistirá lo bastante en la importancia de cuidar mucho las condiciones mencionadas. Esmerarse en ello, no cansarse de intentar actuar así no sólo es educativo para nuestros hijos o alumnos. Evidentemente, nosotros mismos, educadores, nos estaremos autoeducando, puesto que estaremos puliendo nuestro propio carácter. 

 (Publicado en el semanario La Verdad el 3 de noviembre de 2023)


domingo, 5 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (83)

SABER MANDAR: LA FIRMEZA (I)



        En un modelo de educación personalizadora, que pretende ayudar en su maduración a niños y jóvenes fomentando el desarrollo armónico de sus capacidades, y orientarles a la verdad, al bien y a la belleza, uno de los aspectos esenciales es el ejercicio de la autoridad por parte del educador, que se traduce en muchas ocasiones, lisa y llanamente, en saber mandar. (Sí ya sé, que a ciertos oídos esto suena algo fuerte, pero a lo mejor ello tiene que ver con las carencias de nuestro sistema educativo y aun de la mentalidad socialmente dominante).

Se insiste mucho en distinguir la autoridad del autoritarismo: que alguien tenga que hacer las cosas porque lo digo yo y punto, actitudes agresivas y de imposición, incluso acudir a ciertas formas de violencia, aunque sea verbal o emocional, son actitudes que todos, con razón, consideramos contraproducentes y rechazables.

Pero a veces por evitar un error se cae en el opuesto, el del permisivismo, cediendo a caprichos, chantajes emocionales, a la propia inseguridad e incluso al cansancio. Cuando se llega cansado a casa del trabajo o de hacer la compra, por ejemplo, lo más sencillo es decir “sí” a cualquier capricho o ceder simplemente para tener la fiesta en paz. Es todo un reto ser lo suficientemente pacientes y fuertes como para decir “no” cuando hay que decirlo, y hacerlo de modo que no se desencadene una bronca que estropee más las cosas.

La clave es la firmeza. Estamos ante una de las grandes virtudes del educador. Es posible que haya personas que por temperamento o por haber tratado de cerca con personas muy equilibradas y firmes, sepan serlo de forma natural y espontánea. Pero lo más normal es aprender en la práctica, a menudo cometiendo errores y casi siempre de forma costosa. Sin embargo, de nuestra firmeza de hoy dependerá directamente la fuerza de voluntad y el autodominio de nuestros hijos y alumnos mañana.

A veces la exigencia firme se distorsiona por exceso o por falta de claridad, y se cae en el rigorismo autoritario. Y otras un extremo lleva a otro y, por cansancio, por la influencia de un entorno cultural hedonista o por falta de criterio, se cae en la tolerancia excesiva. Tan malo es lo uno como lo otro.

La firmeza es la virtud por la que se mantiene el equilibrio, se dominan las reacciones y se superan las dificultades que sobrevienen. Es muy importante no confundirla con frialdad, dureza o inflexibilidad, y esto importa porque, si no se anda con cuidado, siempre se acaba haciendo daño y nunca ayuda. Por el contrario, la firmeza verdadera implica calma, energía y entereza. Expliquemos con algún detalle en qué consisten estas tres actitudes.

Empecemos por la calma. Consiste en el dominio de la situación; conlleva objetividad y ánimo sereno. Es fuente de claridad en el juicio y en la decisión. Requiere dominio interior, comedimiento en el gesto, la palabra y la mirada. Para ello es muy necesario el examen propio, el silencio reflexivo. Aquello de contar hasta cien… o más, si es preciso. Conviene examinarse con regularidad para caer en la cuenta y enmendarse cuando haga falta. No pasa nada por pedir perdón, al contrario.

Algo más diremos aún, pero por los límites del espacio disponible lo dejamos para la siguiente ocasión. Calma. 


     Publicado en el semanario La Verdad el 27 de octubre de 2023.

lunes, 30 de octubre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (82)

EDUCAR EN LA SUPERACIÓN Y EL ESFUERZO

 


Una de las consecuencias más claras en tiempos o en ambientes de permisividad y hedonismo es la flojera de los caracteres, un pernicioso emotivismo moral que solo distingue entre “me gusta-no me gusta”, “tengo ganas-no tengo ganas”, “me apetece-no me apetece”, “lo hacen los demás-nadie más lo hace”… y no es capaz de distinguir lisa y llanamente entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. La rectitud moral es desplazada por la comodidad y el deseo de sentirse bien, y nada intimida más que el sufrimiento y el sacrificio. En el extremo de semejante desatino (ya no hipotético), la sociedad castiga a los padres por castigar a los hijos. 

Escribe José Antonio Marina: “Es muy difícil que convenzamos a un niño de que tiene que esforzarse si al mismo tiempo le acostumbramos a no soportar ninguna molestia. Ahora sabemos que a partir de los quince meses la tarea más importante de la madre es ayudar al niño a soportar niveles cada vez mayores de tensión. Deben aprender a resolver los problemas que son capaces de resolver, sabiendo que cuentan con el apoyo emocional de sus padres, pero que son ellos los protagonistas. Hemos de enseñar a aplazar la recompensa. Los niños necesitan saber que muchas veces hay que hacer cosas desagradables para conseguir una meta agradable (y, añadiríamos nosotros, noble, buena), y que mantener el esfuerzo durante el trayecto puede ser duro… pero merece la pena.” 

Para educar en el esfuerzo ayudan mucho los premios y los castigos; de ellos trataremos en una próxima ocasión. Pero ayudan más y son más determinantes en la adquisición de la fortaleza psicológica y moral los hábitos vinculados a ideales y criterios. La adquisición de hábitos y virtudes supone esfuerzo al principio, cierta lucha. Después, en cuanto empiezan a consolidarse, conllevan satisfacción y alegría crecientes. También influyen notablemente los ambientes que estimulan a la superación y en los que se otorga una compensación emocional por el esfuerzo, así como los buenos ejemplos de las personas de referencia (padres, profesores, amigos…). 

Por principio, no hay que evitar a los niños y jóvenes los esfuerzos, ya que son fuente de una experiencia educativa formidable: la satisfacción del deber cumplido, de haber sido capaz de conseguir las metas planteadas, de superarse a sí mismo. Todo ello proporciona una forma de alegría muy superior al placer sensible inmediato. La experiencia de “alegría interior” que se produce cuando se corona un esfuerzo con éxito es una fuente extraordinaria de motivación.

El afán de superación es un potencial educativo fundamental. No es bueno caer en la queja y la fácil excusa. La exigencia por parte de los educadores -exhortar al cumplimiento de deberes, la propuesta de metas nobles aunque sean costosas…-, siempre que sea proporcionada a la situación y a las capacidades de las personas, promueve el fortalecimiento de la voluntad. Es preciso ayudarles a dominar los caprichos y a sobrellevar con buen ánimo ciertos estados y situaciones de frustración. Importa mucho valorar su esfuerzo tanto, al menos, como el resultado final.

El consejo prudente y el apoyo de quien tiene autoridad moral y experiencia son una fuente de criterios, motivaciones y de maduración personal. El deporte, además de una práctica saludable, es un buen ejemplo todo lo dicho: el entrenamiento es el principal resorte educativo para lograr la superación y el éxito. 

      (Publicado en el semanario La Verdad el 20 de octubre de 2023)

lunes, 16 de octubre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (81)

EDUCAR EN HÁBITOS Y VALORES



La verdadera educación es la que tiene como centro y razón de ser a la persona. Y lo demás, en el mejor de los casos, vendría a ser un sucedáneo y, en el peor, una forma más o menos velada de manipulación.

La persona humana es un ser en desarrollo -un hacerse-, pero a partir de una naturaleza dada de antemano: la naturaleza humana. Es necesario el desarrollo de las capacidades innatas y de otras muchas adquiridas para alcanzar una vida lograda.

En el primer libro de la Ética a Nicómaco escribe Aristóteles que "una golondrina no hace verano, ni un solo día; y así tampoco hace venturoso y feliz un solo día o un poco de tiempo". La cita alude a que, según piensa el filósofo griego, la felicidad, el fin o meta de la vida humana, implica estabilidad y continuidad. 

De modo semejante, en la consolidación del carácter o de la “personalidad aprendida” por medio de la educación, se precisa el arraigo y la consolidación de las acciones humanas en forma de hábitos. Más aún, como ha recordado José Antonio Marina, la educación vendría a consistir en último término en la adquisición de hábitos valiosos.

Hace falta la repetición para la consolidación del hábito, pero hay que ir más allá del mero ejercicio mecánico de las acciones, ya que son los valores (entendidos como especificaciones del bien) los que dan sentido al hábito, dan significado a cada acción y horizonte educativo a toda actividad. 

Los hábitos integrados en constelaciones de sentido y significado -valores- contribuyen activamente al crecimiento educativo del ser humano. Orientar la consolidación de hábitos hacia bienes relevantes favoreciendo su interiorización y la libre búsqueda del saber, de la justicia, la solidaridad, la compasión, etc., es formar una personalidad valiosa, favorecer el autodominio y la magnanimidad, crecer en humanidad y aportar humanidad al mundo. 

Los hábitos y los valores han permanecido en la vida escolar cotidiana, sin duda más que en los discursos pedagógicos académicos y oficiales. Están presentes en la comprensión y orientación adecuada de un vida sana, de una convivencia saludable. 

En el orden de la educación, los hábitos:

a)    Hacen al alumno más eficaz, más hábil. Los hábitos, fruto de un ejercicio continuado, hacen más fácil, precisa y gozosa la actividad.

b)     Aportan calidad humana a la persona cuando son generados desde el sentido que da un valor asumido; entonces son, propiamente hablando, virtudes.

c) Los hábitos son capacitadores y potenciadores de la construcción de la personalidad, del carácter. No son un repertorio de automatismos ciegos sino disposiciones integradas en la persona.

d) Los hábitos propician la autonomía de la persona: lejos de considerarlos como una forma de dependencia a rutinas y a automatismos, los hábitos abren la puerta a la construcción de una personalidad libre y responsable, dueña de sí misma.

      Uno de los principales fines de la educación es colaborar a que el educando vaya construyendo referentes de interpretación de la realidad que contribuyan a su perfeccionamiento como persona. Por ello es tarea de la escuela enseñar a pensar, a juzgar, a captar lo valioso.


          (Publicado en el semanario La Verdad el 13 de octubre de 2023)

martes, 10 de octubre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (80)

UNA VISIÓN ADECUADA DEL SER HUMANO

En este momento en el que al socaire del fenómeno de la globalización ha florecido el “pensamiento único”, la educación (y no solo la escolar, pues el fenómeno ha invadido toda la sociedad y con ella el ámbito familiar) podría ser engullida por una mentalidad relativista regida por la inmediatez, capaz de manejar todo destino humano individual y colectivo.

Ese pensamiento único, que puede caracterizarse como la imperiosa satisfacción de los deseos, se ha convertido de hecho en una moralidad indiscutible, fuente de nuevos derechos y cancelaciones; un absoluto ante cuyo altar vienen a rendirse los signos racionales de nuestra dignidad. El hombre y la mujer -se dice- no nacen, se hacen en la medida en que logran alguna partícula de poder (empoderamiento) y ven así satisfechos sus deseos. Pero si no la alcanzan, sus criterios y principios, incluso su misma existencia, carecen de valor y quedan a merced de aquellos que sí la han logrado. Es una versión refinadísima de la ”ley del más fuerte” en la que el hombre es un lobo para el hombre.

Reducido el ser humano a variable del proceso de producción, de la estructura social y del sistema político, acaba privado de su densidad ontológica en el maremágnum de una sociedad líquida, sin vínculos consistentes con la verdad, con el bien y entre las personas mismas. Encadenado al servicio de intereses múltiples, el incremento de “libertades” esconde una auténtica falta de libertad. Este modelo de hombre, reactivamente, se ha refugiado en su subjetividad solitaria e insolidaria, es frágil ante la frustración y propenso al vacío existencial. Nos preocupa la salud mental de los jóvenes; debería hacerlo también la falta de sentido que a menudo experimentan.

A este deterioro ético parece ayudar con lamentable eficacia cierta “nueva pedagogía” (en expresión de Inger Enkvist) que debiera estar llamada a todo lo contrario, a la formación de personalidades maduras y consistentes. A esto se refiere Miguel Quintana Paz cuando describe irónicamente lo aprendido hasta bachillerato como “un bagaje que solo serviría a nuestros jóvenes para presentarse en un concurso de miss España: la paz es buena, las guerras son malas, es loable reciclar… y Confucio es el fundador del confusionismo.” Sensibles, eso sí, aunque vagamente, a los objetivos de desarrollo sostenible y la Agenda 2030, pertrechados de artilugios digitales y adictos a las pantallas.

El panorama general ha sido descrito con admirable precisión conceptual por autores como Paul Ricoeur, Gilles Lipovetsky o Zygmunt Bauman, que se han preguntado también si los educadores pueden hacer algo. Se pregunta Ricoeur, por ejemplo: “¿Cuáles son, frente a esta situación, la tarea y la responsabilidad de los educadores, incluyendo en ellos a los ámbitos del pensamiento, a los grupos de opinión y a las iglesias?”. Y responde él mismo:  “Estamos llamados a afrontar una tarea educativa descuidada: recuperar una visión adecuada del hombre”.

Un ejemplo: las cuestiones tecnológicas encabezan hoy las preocupaciones de los sistemas educativos, pero no debemos olvidar que las tecnologías no innovan, quien innova son las personas. En sentido propio, no son las tecnologías las que nos están cambiando la vida, sino quienes las han ideado y quienes las utilizan. La llamada “competencia digital” no es solo cuestión de teclas, sino ante todo, de ideas, de criterios y de valores éticos. De personas. Y así, lo demás.

    (Publicado en el semanario La Verdad el 6 de octubre de 2023)