viernes, 18 de noviembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (47)

EDUCAR ES OFRECER CLAVES DE SENTIDO



La función principal de la familia, decíamos, es introducir a los hijos en los ámbitos más valiosos de la realidad, en el universo de los valores de sentido. Estos valores esenciales no se “explican” sino que se aprenden, decían los griegos. Y se aprenden respirando el “clima” que se comparte con personas valiosas, buenas; viéndolas vivir y viviendo con ellas. 

Son los padres, responsables directos del bien de sus hijos pequeños, quienes tienen el deber y el derecho de definir, con la palabra y con la vida, cuáles son los valores desde y para los que se les ha de educar. El papel de la institución escolar y del sistema educativo en su conjunto consiste en colaborar cualificadamente en dicha tarea, sin traicionarla.

Una educación personalizadora, por encima de la transmisión de destrezas y recursos orientados al éxito económico y social, es la que procura asegurar la presencia e interiorización de los valores de sentido y la maduración de una personalidad “sólida”, creativa y generosa. En ella, el verdadero maestro tiene como misión proponer significados que permitan al educando aprender a valorar la realidad, a las personas y su propia interioridad, capacitándole para hacer opciones libres y lúcidas de acuerdo con auténticos valores de sentido.

Y esto, ¿en qué asignatura se “enseña”? En todas. Desde el momento en que un maestro se sitúa delante de un educando le está diciendo: “el mundo es así”, como decía Hannah Arendt. Pero también, por el modo en que le trata, le atiende y le valora, le está diciendo: “así eres tú”. Porque en la educación el amor precede al conocimiento; ese amor que busca el bien de la otra persona y que limpia el cristal de la razón por el que ha de pasar la luz de la verdad hasta lo más profundo de la persona.

Por ello, más relevantes aún que los conocimientos -sin duda indispensables-, son los criterios y referentes que tales conocimientos configuran en el educando, pues desde ellos aprenderá a comprender, juzgar y actuar. Tales criterios dependen mucho de los referentes de interpretación que aplique el profesor en su área respectiva de conocimiento y también del clima de confianza, respeto y estímulo que suscita con su actitud de educador.

A este respecto, lo medular de la educación católica es hacer creíble de manera experiencial que el ser humano encuentra pleno sentido en su encuentro y relación con el Dios vivo, que es también el fundamento de la realidad creada. 

Ello implica, por un lado, ofrecer al educando una “matriz cognitiva cristiana” en la que se descubre la presencia de Dios en la realidad según lo específico de todas las áreas de conocimiento; para que desde ella comprenda, interprete e interactúe creativa y responsablemente con toda la realidad. 

Y por otro, requiere el cultivo de una vida interior intensa, donde sea posible la experiencia del encuentro personal y la intimidad con Dios y el compromiso de amor al prójimo. Sería alevoso que se limitara a ofrecer una religión sentimentaloide, superficial e inútil, que arrojase a la vida a nuestros jóvenes sin defensas morales porque la doctrina más excelsa que les propone es la de “colorea la chancleta de Jesús y ten un gesto solidario con tus compañeros y compañeras”. Por ejemplo.


(Publicado en el semanario La Verdad el 18 de noviembre de 2022)

martes, 15 de noviembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (46)

LA EDUCACIÓN BROTA DE LA FAMILIA



Uno de los aspectos esenciales del proceso educativo es la paulatina integración de la persona, a la vez receptiva y creativa -aprender a recibir, aprender a dar-, en ámbitos de encuentro y de convivencia, empezando por la familia, en la que es llamada a la existencia. 

Las relaciones humanas vuelven el mundo un lugar habitable, nuestros vínculos configuran en él ámbitos que se convierten en morada humana. 

Cuando un ser humano se halla a la intemperie, en el sentido físico -pero aún más en el sentido afectivo y personal- tiende a buscar cobijo, abrigo, protección y seguridad. Esta necesidad encuentra su remedio en un ámbito de afecto personal y de acogida en el que se puede “estar”, en el que la amistad y la familiaridad brindan el calor, la protección y el refuerzo de la propia identidad y de la conciencia de sí mismo, más necesarios aún que el calor del cuerpo.

Para la persona humana vivir es convivir. Las relaciones interpersonales son el escenario, el argumento y el motor de la existencia humana. El ser humano adquiere el conocimiento de sí mismo como un yo digno, irreductible a todo lo demás, al experimentar que es acogido, comprendido, atendido y valorado como “alguien” único e irrepetible por otra persona significativa para él. A través de la relación de intimidad y de acogida entre las personas brota el sentido y, a través de él, el mundo se hace morada para el ser humano. 

Esto acontece de un modo privilegiado en el ámbito familiar y también en la amistad. La protección y la autoestima nacen de la compañía, de un ámbito de compartida intimidad. Es en este ámbito de encuentro donde la vida de cada hombre y mujer adquiere su primer perfil y rostro personal y donde se aprende a conocer la realidad. Por ello puede afirmarse que la educación es de algún modo una prolongación de la paternidad y la maternidad, y una cierta forma de ayuda cordial, basada en la confianza.

La  familia desarrolla sobre todo su labor educadora a través de la convivencia. Padres e hijos viven juntos una relación sencilla en la que se cultivan, atesoran y transmiten valores que se manifiestan en la vida de todos los días. La educación integral de la persona es ante todo una labor de contagio personal de actitudes. De cómo los padres hablen al hijo y de las relaciones que mantengan con él y entre sí, depende el modo como el niño conocerá más tarde el mundo y desarrollará su sociabilidad y su trabajo; también el modo en que concebirá a Dios. El niño aprende de lo que ve vivir, y lo más importante que los padres deben dar a los hijos es la seguridad de su amor y de su aprecio. Después vendrán las convicciones, las costumbres y hábitos, los gestos y las enseñanzas.

Es fundamental que los principios educativos de la escuela y de la familia sean los mismos y que ambas intervengan ayudándose mutuamente, siendo la escuela la prolongación delegada del esfuerzo, el derecho y la responsabilidad de los padres en la formación humana de sus hijos. 

Entre otras cosas porque, sin el fundamento previo y la colaboración cotidiana de una educación familiar rica en certezas y en valores humanos, la labor escolar será escasamente eficaz.

   (Publicado en el Semanario La Verdad el 11 de noviembre de 2022)

sábado, 5 de noviembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (45)

EDUCACIÓN Y ESCALA DE VALORES




La personalización que da contenido y hondura a la tarea de educar tiene lugar mediante el encuentro con los valores de sentido y con su cultivo. Ahora bien, el ser humano, aunque presenta diferentes dimensiones, es radi­calmente un ser unitario y, como tal, exige orden, complementariedad, articulación y orientación coherente en su obrar, porque el obrar sigue al ser, es su expresión; y por ello el modo de obrar ha de estar en consonancia con el modo de ser.

Recuperemos algunas reflexiones anteriores. Hemos señalado ya que en la persona humana se aprecian tres dimensiones principales, constitutivas de su naturaleza y jerarquizadas de acuerdo con ella, y que son el fundamento de una escala de valores centrada en la persona, tomada esta en su integridad:biológica, psico-social y trascendente. El crecimiento personal, la personalización, consiste propiamente en el ordenado cultivo de estas dimensiones.

·  Las necesidades y tendencias de tipo biológico miran a la supervivencia del individuo, los bienes que las satisfacen son los valores vitales, cuya adquisición y disfrute da lugar al placer, que es más bien inmediato, relativamente intenso y de corta duración. (Incluye los valores “económicos”, los relativos al alimento y la salud, el bienestar, el cobijo…)

·  Las necesidades psicoafectivas son relativas a la estima y la pertenencia, a la necesidad de autoafirmación y seguridad; los bienes que las satisfacen son los valores socioafectivos, cuya presencia da lugar a la alegría y la autoestima; presentan menos intensidad pero más duración que los anteriores. (Compañerismo, seguridad, empatía, prestigio, diversión, etc.) Estos dos tipos de valor (los vitales y los afectivos) son los llamados “valores de situación”. 

·  Y por encima de todos ellos, vinculados a la necesidad de sentido, se hallan los valores trascendentes o “valores de sentido”, que miran más allá de uno mismo, y se hallan vinculados a la necesidad de autodonación de la persona (no son poseídos; se entrega uno a ellos); son la clave de una vida lograda. Es importante advertir que el sentido es trascendente o si no, no hay sentido, y que el estado consiguiente a la satisfacción de la humana necesidad de sentido es precisamente lo que llamamos felicidad.

De acuerdo con esta jerarquía, los valores de situación no deben suplantar nunca a los valores de sentido. El vacío exis­tencial o el desafecto de una persona no pueden ser satisfechos nunca por una oferta de bienes económicos por muy abundantes que éstos se­an. El estado de satisfacción tiene lugar solamente cuando se produce la adecuación entre la tendencia y el bien que le corresponde. “Ni se pueden satisfacer las necesidades primarias biológicas con bienes intelectuales, estéticos o espirituales, por muy sublimes que sean, ni se pueden satisfacer las necesidades afectivas o las trascendentes con bienes de consumo” (Abilio de Gregorio). 

La unidad de la vida personal reclama un desarrollo integral hacia la plenitud. Por eso, la sa­tisfacción de las tendencias o necesidades transitivas requiere una sa­tisfacción suficiente de las necesidades inferiores, pero una vez alcan­zado el sentido puede llegar a renunciarse en gran parte a las satisfacciones materiales e incluso emocionales. (Por ejemplo, por el bien de la persona amada o porque lo exige mi lealtad a un noble ideal o a Dios, puedo renunciar a bienes materiales, ventajas laborales, etc.) Es la madurez de la entrega, del sacrificio, el “amor ordenado” (ordo amoris) en el que San Agustín hacía consistir la virtud.


     (Publicado en el semanario La Verdad el 4 de noviembre de 2022)

martes, 1 de noviembre de 2022

LA PERSONA HUMANA Y SU DIGNIDAD. APUNTES PARA UNA FUNDAMENTACIÓN DE LA MORAL.

LA PERSONA HUMANA Y SU DIGNIDAD


 

1) ¿Qué significa ser ‘persona humana’?

Adelantemos una descripción que puede servirnos de pauta para iniciar una respuesta a esta importante pregunta: 

Una persona es un ser dotado de naturaleza racional, único e irrepetible, y llamado a configurar su propia vida de acuerdo con el desarrollo responsable de su libertad. 

La libertad consiste en poder disponer de uno mismo, en ser dueño de las propias decisiones y elecciones. 

Por eso, la persona es responsable del contenido y de la orientación de su vida, porque con sus elecciones va dando pasos en una dirección o en otra: si elijo un trabajo u otro, si decido vivir en una ciudad o en otra, si decido aceptar a determinadas personas como amigos míos o no... 

Esto es así porque el ser humano, la persona, es un ser racional. La libertad es una cualidad propia de los seres racionales. 

La racionalidad –que caracteriza por igual a los seres humanos, hombres y mujeres- abarca dos facultades muy importantes: la inteligencia (que es la capacidad de entender y comprender) y la voluntad (que es la capacidad de querer y decidir. A su vez, dentro de la voluntad se sitúan la libertad y la responsabilidad).

- Gracias a su inteligencia, o capacidad de comprender, el ser humano puede conocerse a sí mismo, y también la realidad, y valorarla. 

- Gracias a su voluntad o capacidad de querer, el ser humano, las personas, podemos tomar decisiones en las cuales cada uno de nosotros tenemos la iniciativa, pero contando siempre con la realidad, que a veces no se puede cambiar. Al tener la iniciativa sobre su vida, cada persona se hace responsable y dueña del contenido de sus decisiones, para bien y para mal. 

Y esto sólo lo podemos hacer los seres racionales, las personas. Por eso la persona posee un valor -una dignidad- superior al resto de los seres de la creación, ya que éstos no pueden disponer de sí mismos de forma responsable. Si un perro se salta un semáforo en rojo, por ejemplo, no tiene sentido ponerle una multa, porque no puede comprender que ha cometido una infracción. 


                                                            


2) La dignidad de la persona humana

Hay dos formas de entender el valor de algo: la dignidad y el precio. La dignidad es propia de las personas. El precio es el valor que nosotros damos las cosas cuando queremos cambiarlas por otra cosa; es decir, cuando son prescindibles. 

Se llama dignidad al valor que reconocemos en alguien –en las personas- porque es único, irrepetible, e insustituible. La dignidad es la más alta forma de valor. Por eso decimos que un ser humano no es simplemente “algo” sino “alguien”. 

Tan indigno es tratar a una persona como si fuera una cosa como lo es tratar algo -un ser no personal: dinero, una cualidad, una idea, un animal…- como si fuera alguien, un ser humano.

Una persona no tiene precio, tiene valor en sí misma, dignidad. Cuando a una persona se le pone un precio –y se la convierte en mercancía que se compra y se vende- estamos haciendo una injusticia; la estamos reduciendo a la condición de objeto, de cosa, más o menos útil, más o menos agradable según los intereses de otros o de las circunstancias.

 Pero lo que hace distinto a un ser humano de otros tipos de seres no es propiamente el ejercicio o el grado de desarrollo de sus capacidades o facultades específicas, sino el hecho mismo de poseerlas. No se es “más o menos” persona por ser más o menos culto, ni se deja de ser persona durante el sueño, o a causa de una enfermedad degenerativa. Por la misma razón, el individuo humano que aún no ha nacido, pero que ya es un ser distinto de sus padres, puede ser llamado (debe ser considerado) persona con toda propiedad.

Para la fe cristiana, además, cada ser humano es digno por ser amado singularmente por Dios, por ser “a imagen y semejanza” suya, un “yo” o un “tú” llamado a entrar en comunión con Él. La noción de persona, de hecho, surge históricamente cuando la teología cristiana de los primeros tiempos intentaba explicar el misterio de la Santísima Trinidad. El Dios de los cristianos es eminentemente un ser personal: Alguien, no una fuerza anónima, natural o sobrenatural. Por analogía con el Ser divino se empezó a concebir también al ser humano como “persona”. La categoría jurídica de persona -ser sujeto de derechos y deberes según la ley- es muy posterior y carece de este significado ontológico. Por lo demás, obviamente, la pertinencia de la noción de persona no depende de su origen teológico.


                                                                             


3) Dignidad ontológica y dignidad moral


Pero ahora tenemos que precisar un poco más el concepto de dignidad. Hay dos tipos fundamentales de dignidad:

1) La dignidad ontológica o intrínseca, que es la que poseen los seres humanos, las personas, por el simple hecho de ser personasToda persona es digna; tiene dignidad personal, sea como sea, y haga lo que haga. Es el tipo de dignidad del que habíamos hablado hasta ahora. El reconocimiento de esta dignidad es lo que propiamente se denomina respeto.

2) Pero hay un segundo tipo de dignidad, que depende de lo que nos merecemos por nuestra conducta. Hablamos entonces de dignidad adquirida o, también, de dignidad moral. Es el valor que adquiere y merece una persona como fruto de sus acciones morales, de sus actitudes y sus pensamientos. 

Todos los humanos somos igualmente personas, y por eso todo ser humano, de acuerdo con su dignidad ontológica, ha de ser respetado, aunque no haya hecho nada para merecerlo. Y por eso una persona sigue siendo digna cuando está enferma y no se puede valer por sí misma, o cuando tiene un accidente que le impide realizar determinadas operaciones… Todas las personas, sólo por ser personas, tienen la misma dignidad (ontológica).

Pero sí podemos ser más o menos dignos moralmente. Una persona digna moralmente es aquella en la que las virtudes van definiendo su manera de ser y de actuar, su personalidad. Hablamos entonces de una persona honrada, justa, recta, buena, equilibrada, amable, prudente, leal, valiente... 

Una persona indigna moralmente es aquella cuyas acciones indignas, sus vicios, van definiendo su personalidad. Y entonces hablamos de personas deshonestas, injustas, malas, egoístas, retorcidas, cínicas, traidoras, cobardes, violentas, resentidas, vengativas, etc. 

Todos tenemos que ser conscientes de que somos portadores de una dignidad excelente: somos personas. Debemos valorar esta dignidad (ontológica) y hacerla brillar en nuestras acciones, debemos reconocerla en los demás y tratarles de acuerdo con ella (es decir, con respeto). A.J.

      

lunes, 31 de octubre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (44)

VALORES DE SITUACIÓN Y VALORES DE SENTIDO



Una de las claves de la maduración de la persona es la configuración de una escala de valores correcta, de una serie de prioridades o principios que sirven de referencia a nuestra visión del mundo -cosas, personas, acontecimientos, actuaciones…- y que orientan nuestro propio comportamiento. Y “correcta” quiere decir aquí respetuosa con el orden y valor de la realidad y con la dignidad de las personas.

El ser humano es un ser unitario, pero en él se distinguen varias dimensiones. La unidad de lo diverso es la armonía, el orden; y así, la jerarquía o escala de los valores tiene como referente la jerarquía de la naturaleza constitutiva del hombre, la cual puede apreciarse en las diversas necesidades y potencialidades humanas. Los valores son bienes que satisfacen esas necesidades y potencialidades, y pueden ordenarse -un tanto esquemáticamente- en tres categorías básicas:

1) Valores vitales. Las necesidades biológicas primarias, correspondientes al “fondo vital” del ser humano (Ph. Lersch), son satisfechas mediante la posesión y asimila­ción de determinados bienes, que podemos llamar valores vi­tales. De no ser satisfechas tales necesidades, el ser humano se ve su­mido en la indigencia; pero si lo son, surge un estado de satisfacción, que llamamos deleite, goce o placer, caracterizado por su inmediatez, intensidad y corta duración. Este tipo de valores -y las necesidades que vienen a satisfacer- prevalecen durante los primeros años, cuando el grado de de­pendencia es mayor y la existencia más precaria, aunque se dan obviamente a lo largo de toda la vida.

2) Valores socioafectivos. Otro tipo de necesidades o tendencias, menos inmediatas, son las que corresponden a la vida afectiva. Los bienes que satisfacen estas necesidades -de ser querido, atendido, aceptado, apreciado, acompañado...- son los llamados valores socioafectivos. La privación o insatisfacción en este tipo de necesidades da lugar al sentimiento de so­ledad e inseguridad, al desamparo afectivo; y su satisfacción da lugar a la autoestima, el gozo y la alegría, de menos intensidad que el mero placer o deleite, pero de mayor duración y hondura. Aunque también están presentes durante toda nuestra vida, estos valores socioafectivos adquieren especial protagonismo en la adolescencia, momento en que se descubre la propia intimidad y se aprende a conjugar las relaciones interpersonales con la afirmación de la propia autonomía.           

Los valores vitales y los socioafectivos pueden considerarse como valores de situación o inmanentes, y en ellos prevalece un dinamismo de posesión.

3) Valores de sentido o trascendentes. Existen finalmente otro tipo de necesidades y tendencias que remiten más allá de sí mismo y que se ubican en el plano más noble y más estrictamente personal de la vida humana. Son las tendencias y necesidades transitivas o trascendentes, más netamente espirituales (en sentido general, no solo religioso). Se sitúan en un ámbito de creatividad, de entrega y efusividad. A ellas les co­rresponden los llamados valores de sentido o trascendentes. La ausencia o privación de estos valores manifiesta un estado de vacío existencial, de sinsentido, de intrascendencia personal y desesperanza. A su vez, la adquisición y posesión habitual de dichos valores lleva a un tipo de satisfacción que denominamos plenitud, paz y felicidad, caracterizada, más que por la intensidad del momento, por la profundidad, la serenidad y la fecundidad espiritual, presentando una clara vocación de permanencia. Este tipo de valores son los que caracterizan de modo más propio a una personalidad madura. 


    (Publicado en el semanario La Verdad el 28 de octubre de 2022)

sábado, 29 de octubre de 2022

IDEOLOGÍA / ENFOQUE DE GÉNERO (QUEER)


 

Judith Butler, en su libro El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad (1990), enfatiza que el rol de hombre o de mujer no vendría determinado por la naturaleza biológica constitutiva, sino que es una construcción económica y cultural. El siguiente paso será afirmar que la identidad sexual depende en exclusiva de la autodeterminación de cada individuo. A grandes rasgos, puede afirmarse que en este feminismo el énfasis en la “igualdad” dará paso a la promoción de la “diferencia femenina”, y a la vez a la “inclusión” -en la cultura y en los ámbitos sociales neurálgicos- de todas sus posibles expresiones y modalidades.

La IV Conferencia de la ONU sobre la Mujer, celebrada en Beiging en septiembre de 1995, puede considerarse como el momento en que la ideología o perspectiva de género inicia una fulgurante difusión internacional, especialmente en el ámbito político, de la mano de organismos y agencias internacionales. 

El enfoque de género implica una diversificación de las identidades, que conlleva una importante deriva del feminismo hacia el lesbianismo y al auge del movimiento LGTBI, en confluencia con el movimiento Queer

Tomando pie en los planteamientos de  Judith Butler, la teoría Queer considera que toda identidad sexual es "anómala", incluida obviamente la heterosexualidad, ya que todos los deseos sexuales humanos son igualmente legítimos. Se propone eliminar la categoría de sexo y sustituiría por la identidad de género, más fluida y abierta a la autodeterminación individual.

Con el movimiento Queer ha salido a la luz un supuesto de fondo: al rechazar que haya una naturaleza humana que establezca una nítida diferencia -y referencia mutua- entre masculino y femenino, más allá de lo estrictamente biológico, el deseo y el sentimiento individuales acaban por convertirse en referencia exclusiva de la diversidad humana. 

Así, el transfeminismo -el feminismo profesado por personas de sexo masculino que se sienten mujeres- ha acabado por manifestar que  el sujeto político del feminismo, “las mujeres”, se ha quedado estrecho y resulta excluyente, puesto que debería albergar no solo a las mujeres que lo son desde el punto de vista biológico sino a todas aquellas personas que desean ser consideradas mujeres.

El derecho a la autodeterminación de las personas significaría, por ejemplo, que cualquiera puede cambiar de sexo con solo desearlo, sin contar siquiera con un diagnóstico de transexualidad; bastaría con manifestar un mero deseo, incluso sin condiciones de edad. 

Mientras algunas feministas, en su mayoría jóvenes, aceptaron la teoría queer sin problemas y no tenían reparo en incluir a las mujeres transexuales en sus reivindicaciones (es el llamado transfeminismo o feminismo trans), el feminismo “clásico” empezó a mostrar una incomodidad cada vez mayor, señalando que la mujer es el sujeto político del feminismo, y si ya no hay hombres y mujeres sino “construcciones socioculturales e individuales” variables, el feminismo dejaría de tener sentido. De esta forma, esta suerte de “negacionismo sexual” es vista como una amenaza y vulneración contra los derechos de las mujeres, y pasa a reivindicarse que nacer con sexo femenino o masculino es lo que determina la “posición estructural” de los hombres y las mujeres en el mundo.

Un caso paradigmático es la creación en España de la Alianza contra el Borrado de las Mujeres,integrada por diversos colectivos feministas españoles contrarios a la eliminación de la categoría “sexo” de la legislación, de las estadísticas y del discurso social y cultural. Concretamente ha surgido frente a la presentación por parte del Gobierno de España de la Ley sobre igualdad de las personas LGBTI.[1]

Pero la querella del feminismo ‘tradicional’ con el movimiento queer atañe también a otras batallas antiguas que libran las diferentes corrientes del feminismo; en concreto, la prostitución, la pornografía o los vientres de alquiler. Afirma Rosa Cobo, profesora de Sociología del Género de la Universidad de La Coruña, en declaraciones al diario “El Mundo”: “Hay un conflicto, una fuerte tensión discursiva entre el feminismo y un sector del movimiento LGTBI que se define como feminista y no ve violencia contra la mujer en los vientres de alquiler, la pornografía o la prostitución, porque los interpretan como actos de libertad.”[2] 

“Las consecuencias nefastas de que se vaya imponiendo esta ideología están siendo que el lobby gay se convierta en dominante en todos los campos de la difusión de la ideología feminista e imponga sus objetivos, como son la legalización de los vientres de alquiler, la legalización de la prostitución y convencer a la sociedad de que el deseo de cambiar de sexo expresado por menores es suficiente para que el niño se someta a tratamientos hormonales y quirúrgicos, sin necesitar ningún dictamen médico y psicológico”[3]Si no fuese Lidia Falcón -fundadora del Partido Feminista de España- quien hubiera enunciado estas palabras, daría la impresión de que la reacción esencialista ha vuelto a los escenarios del debate público, reivindicando que la realidad es tozuda.

La contienda está servida, puesto que se considera que “la liberalización del cambio de sexo presenta un impacto negativo sobre las estadísticas que miden las desigualdades entre los sexos, sobre la integridad física de las mujeres presas, sobre los espacios separados por motivos de seguridad para las mujeres, sobre el derecho de las mujeres a la paridad y al deporte equitativo, sobre la investigación sanitaria que contempla las diferencias físicas entre mujeres y hombres.”[4]

La filósofa Victoria Sendón, acreditada representante del feminismo español, llega a escribir, casi con acentos de compunción: “El error original es que un feminismo oficialista y académico ha empleado la palabra ‘género’ para todo: violencia de género, perspectiva de género, leyes de género, experta en género, etc., convirtiendo a la mujer en un concepto vacío”.[5]

La crítica del feminismo alcanza así pues a cuestiones que en el fondo tienen que ver con la antropología. La ideología de género, al pretender negar cualquier atisbo de diferencia sexual entre hombres y mujeres, pasa inevitablemente por suprimir el concepto -la realidad- de mujer.

Con términos que costarían más de un disgusto a un metafísico realista, llega a afirmarse: “No existe el “derecho humano” de los hombres a declararse mujeres. Podemos preguntarnos: ¿ese derecho de autodeterminación solo concierne al sexo o también pueden autodeterminarse la edad, la discapacidad, la nacionalidad, la etnia/raza y el nivel de renta?”[6]

La Alianza contra el Borrado de las Mujeres señala críticamente esta deriva al apreciar que incluso el término “personas transexuales” es sustituido en los textos legales por “el concepto ‘trans’, que incluye a travestis ocasionales…, a personas que afirman ser de “género fluido”, neutro, no binario, hombres que combinan tacones con corbata, hombres que se declaran mujeres sin modificar aspecto alguno, etc.”[7] Con ello se echa de ver la necesidad de una dimensión empírica y bien definida que permita un mismo tratamiento jurídico. “El dimorfismo sexual de la especie humana -se insiste- es un hecho empírico evidente y con consecuencias sociales que no pueden ignorarse.”[8]

Evocando las expresiones de Simone de Beauvoir o del mismo Sartre, puede afirmarse que la mujer y el varón “se hacen”, pero no desde la nada (el “ser para sí”) o el vacío, sino a partir de su naturaleza humana constitutiva, que muestra el orden propio de realización y perfeccionamiento de la persona humana -mujer o varón- mediante el ejercicio de su libertad. 

Hombre y mujer son iguales en naturaleza, dignidad, derechos y deberes fundamentales. Y, al mismo tiempo, cada uno tiene en su singularidad personal la oportunidad de aportar al mundo una contribución genuina. 

Por todo ello, las voces que reclaman en la actualidad -también desde el propio feminismo- una revisión de los planteamientos teóricos y prácticos de la causa a favor de las mujeres parecen necesitadas de reflexión más profunda acerca de lo que es el ser humano y de lo que significa ser mujer y ser varón. Esto debería llevar también a una más adecuada consideración del valor de la maternidad y de la paternidad. Esta podría ser la base de un “nuevo feminismo” -en el fondo un humanismo más cabal- que haga posible el trabajo conjunto de hombres y mujeres a favor de un mundo más plenamente humano. 


Tomado de Andrés JIMÉNEZ ABAD. “La mujer, ¿en busca de una identidad perdida?”. Revista de Pensamiento. FUE, Madrid. N. 34 ( 2021). Págs. 165-194.

 



[1] Cfr. Anteproyecto de ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI(Ver https://contraelborradodelasmujeres.org/wp-content/uploads/2021/04/Análisis_LeyesID.pdf)

[2] “El Mundo”, 03.03.2020. Olga R. Sanmartín: “Las feministas celebran el 8M divididas sobre la prostitución, los ‘vientres de alquiler’ y las teorías ‘queer’.”

[3] Cit. en Sánchez de la Nieta, A. (2020) Sánchez de la Nieta, A.: “El feminismo tradicional contra la ideología ‘queer’.” Aceprensa, 28 abril, 2020.

[4] Cfr. https://contraelborradodelasmujeres.org/analisis-de-los-borradores-de-ley-lgtbi-y-ley-llamada-trans/ https://contraelborradodelasmujeres.org/wp-content/uploads/2021/04/Análisis_LeyesID.pdf

[5] https://tribunafeminista.elplural.com/2019/12/feminismo-y-generismo/

[6] https://contraelborradodelasmujeres.org/wp-content/uploads/2021/04/Análisis_LeyesID.pdf

[7] Ibídem.

[8] Ibíd.

lunes, 24 de octubre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (43)

EDUCACIÓN EN VALORES, EDUCACIÓN INTEGRAL

 


Venimos insistiendo en la importancia de una educación en valores, que ha de entenderse como formación integral de la persona, como un empeño no improvisado de ayudar a niños y jóvenes para que desarrollen una personalidad madura. En suma, como una educación no solo personalizada sino, sobre todo, personalizadora.

 La madurez personal es fruto del fomento de una creciente unidad interior, acorde con el orden y jerarquía de las capacidades naturales de la persona humana. Se pone de manifiesto en el equilibrio, el conocimiento bien fundado, la responsabilidad, la generosidad, la honestidad, la constancia…, valores humanos todos ellos que resultan del dominio de sí mismo y de un proyecto personal de vida sólido. Estos valores, integrados adecuadamente, vienen a configurar la urdimbre psicológica y moral de una persona y ofrecen el fundamento para la orientación de la propia vida hacia la verdad, el bien y la belleza. Y son por ello, además, la mejor inversión social.

El tipo de educación que proponemos exige una clarificación y un encuentro con valores que contribuyan al desarrollo de una personalidad rica en humanidad. ¿Qué es un valor, en el sentido al que aquí nos referimos? Yendo a lo esencial, podemos describirlo como un bien -algo que contribuye a la mejora del mundo y del propio ser humano- que nos atrae, que incide en nuestra existencia. 

Es, por un lado, algo objetivamente bueno: ideales, criterios de actuación, cualidades presentes en las cosas, virtudes y comportamientos que hacen mejor al ser humano… Pero por otro, también, viene a satisfacer deseos y necesidades de la persona, y por ello nos saca de la indiferencia, nos agrada e ilusiona, lo que implica una peculiar receptividad, una capacidad de asombro, una cierta sensibilidad.

Esto último es más importante de lo que parece. Nos encontramos a veces con personas -jóvenes en particular pero no solo ellos- que se resisten ante costumbres, tradiciones, principios morales: “son cosas de mayores”, “no me dice nada”, “eso está pasado”, “es un rollo”, “es una imposición que va contra mi libertad…”, escuchamos. Muchos padres y educadores en general se angustian -seguramente con razón- por la resistencia de sus hijos y alumnos a aceptar y hacer suyos determinados comportamientos, criterios o creencias.

Y es que cuando un principio moral no consigue dar forma al comportamiento desde el interior de uno mismo, orientando la lógica y las inclinaciones íntimas, tiende a imponerse desde el exterior, limitando y entorpeciendo un desarrollo humano que no es capaz de guiar. Más aún, tiende habitualmente a suscitar una reacción en contra. Sobre todo cuando se han dejado atrás los primeros años de edad, ese principio o norma moral, por buenos y convenientes que sean, pueden percibirse solo como algo impuesto, como una forma de violencia que choca con el propio afán de libertad. 

Por eso es muy importante cuidar desde muy temprano la capacidad receptiva en el proceso de aprendizaje, la capacidad de asombro y de escucha, la sensibilidad, el deseo de aprender, la experiencia de satisfacciones profundas que son fruto del esfuerzo y la constancia…; y no decidir o elegir “porque me gusta o no me gusta”, “tengo ganas o no”, “me apetece o no me apetece”, “lo hacen o no lo hacen los demás”… La educación actual tiende a fomentar la socialización de las generaciones jóvenes, pero ha olvidado a menudo su personalización.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 21 de octubre de 2022)